La palabra independencia, si bien está fuertemente asociada a los países y su autonomía –y esta acepción, como veremos, es muy válida–, tiene una raíz más profunda, que hace a la situación de cada ser en su camino de desenvolvimiento. Podemos decir que la independencia es una cualidad que hace a la posibilidad de elegir cómo se ha de actuar de un modo libre, sin una intervención ajena directa. Se distingue de la dependencia, en la que se presenta una situación de subordinación, y suele coincidir con la incapacidad para valerse por los propios medios.

La independencia es un término que rara vez se da en su faz absoluta: en general, los individuos, los grupos y las naciones viven en una red de relación constante, que matiza la capacidad de moverse con absoluta autonomía. Toda acción trae sus consecuencias, tanto para quien la realiza como para quienes la rodean y, por ende, más que una condición total, hace a una libertad suficiente, a no ser intervenida la capacidad de moverse de un modo directo.

Por ejemplo, en el caso de las naciones, es natural y entendible que un país esté condicionado por ciertos factores externos a la hora de tomar decisiones económicas o políticas. Ya sea por acuerdos del ámbito del Derecho Internacional Público que haya firmado, o por afinidades políticas, ideológicas. Si un país comercia con otro de manera fluida, sería raro que empezara a relacionarse con otro país con el que el primero está en guerra declarada. Y, si bien en estas situaciones no hay una libertad total, el país sigue conservando su independencia: podría hacerlo, siempre y cuando asuma las consecuencias.

La independencia hace a la autonomía, más allá de los matices. En el caso de los países suele proceder de una declaración formal, y en general es el fruto de procesos que son largos y complejos. Un Estado puede lograr su independencia, ya sea a partir de un movimiento de descolonización, o separándose de lo que era un territorio mayor. Y el impulso suele estar motivado por una afinidad en el nuevo país, que puede ser étnica, cultural, religiosa, idiomática o incluso económica.

Si atendemos al origen etimológico del término, comprobaremos que procede de raíces latinas, y está compuesto por el prefijo in-, que denota la negación de algo; por el verbo dependeré, que se emplea para describir la situación de estar “colgado de arriba”, o depender de la voluntad de otro; por el sufijo nt, que hace a los participios presentes; y por el sufijo ia, que describe la “cualidad de”. De este modo, llegamos al sentido “cualidad de no estar colgado de la voluntad de otro”.

Estatua del ejército indio.
Estatua del ejército y bandera de la India en la lucha por la independencia de su país.

Independencia en las personas.

Se dice que la verdadera libertad incluye, además del hecho de no verse subyugado, una ausencia del deseo de subyugar. Hay una forma en la que las personas pueden tener un posicionamiento interno a partir del cual, más allá de verse compelidos por leyes que hacen a la vida en sociedad, logren conservar la autonomía y la propia direccionalidad. Esto suele venir con un trabajo interno serio, que proporciona la claridad suficiente para ejercerla.

En el ámbito de la ética filosófica se destaca esta libertad como un elemento inherente a la naturaleza humana, que se fundamenta en la propia conciencia y en la responsabilidad. Se afirma en este campo que la persona humana no puede ceder su libertad ni su responsabilidad a otra persona, y que aun cuando se opta por no elegir se está eligiendo.

La verdadera libertad se asocia con una autonomía interior, con el logro del gobierno del propio ser en medio de un mar de estímulos incesantes. Esto suele incluir una capacidad para obrar de acuerdo con los propios valores, que surgen de haber contrastado lo que supuestamente es adecuado según las convenciones con la propia visión.

Se cita con frecuencia el ejemplo de Diógenes, el asceta griego, quien le dijo a Alejandro Magno que era el siervo de sus siervos. Al haber triunfado sobre la lujuria, la agresividad y el miedo, los consideraba “sus siervos”, y consideraba que Alejandro todavía estaba sujeto a ellos. El gran conquistador de los ejércitos y de las tierras, todavía tenía por delante la conquista del territorio interior. Esta autonomía no puede ser otorgada por nadie, cada quien ha de ganarla por sus propios méritos, si es que se los tiene.

Independencia y autonomía en la infancia.
A medida que crecen, las niñas y los niños van ganando mayor autonomía e independencia.

Piaget, Kohlberg y la autonomía.

El psicólogo Jean Piaget realizó miles de estudios con niños y niñas, mediante juegos y entrevistas, a fin de comprender el desarrollo cognitivo. Llegó a una categorización precisa de las etapas por las que ha de pasar una persona a fin de madurar, y uno de los aspectos a los que le prestó especial atención fue al del desarrollo moral. En este ámbito, llegó a la conclusión de que se da en dos momentos: la primera fase es llamada “de heteronomía” y la segunda “de autonomía”.

En la primera fase, de heteronomía, las leyes son objetivas y no varían en ningún caso. Han de ser cumplidas de modo literal, y esto por el solo hecho de que la autoridad lo demanda. No existen argumentos en contra ni excepciones. O sea, la validez de la norma se sustenta en el simple hecho de una autoridad superior, que pueden ser las figuras parentales, los maestros o maestras, o el Estado. Cualquier error se ve en esta instancia como una falta, y trae como consecuencia culpa y temor. Siempre ha de haber un culpable, porque las faltas no pueden permanecer impunes. Esto se ve, por ejemplo, en los escenarios en los que se acepta que un grupo entero sea castigado por la falta de una persona individual, si ésta no aparece.

En la segunda fase, de autonomía, las normas ya no obedecen a un fundamento en la mera autoridad de quien las proclama, sino que son fruto de acuerdos. Esto lleva a que esas normas que se acordaron, por lógica, puedan modificarse, al establecerse nuevos acuerdos. Además, se abre el espacio para que esas reglas sean interpretadas, a veces de modos diversos. Y también que surjan excepciones. En esta fase desaparece la carga excesiva que giraba en torno al error, con la culpa y el castigo como fantasmas que merodeaban. Ahora la sanción es proporcional a la falta, hay una lógica interna en la retribución, y las personas saben a qué han de atenerse en función de lo que han hecho. Incluso se concibe que ciertas ofensas permanezcan impunes, desapareciendo así la idea de que podría castigarse al grupo entero en caso de no hallarse al responsable de una determinada conducta.

Según Piaget, el pasaje de una fase a la otra termina de consolidarse durante la pubertad.

Otro psicólogo, Lawrence Kohlberg, va a continuar con la línea de los estudios piagetianos, pero en su caso trabajó con grupos de adultos: sometió a las personas a diferentes dilemas morales, a ver cómo respondían en cada caso, y se aseguró de hacerlo con gente de diferentes orígenes y situaciones geográficas, en pos de ampliar la integralidad de los resultados. A partir de los resultados, Kohlberg propuso la existencia de tres estadios por los que se desarrollan las personas en cuanto a la moral, y cada uno de estos tres niveles se divide, a su vez, en dos subniveles. La escala es progresiva: más alto el nivel, mayor la autonomía, comenzando con un estadio pre-convencional, con los niveles 1 y 2, siguiendo al estadio convencional, que incluye los niveles 3 y 4, y concluyendo en un estadio post-convencional, con los niveles 5 y 6. Para Kohlberg, los niños viven en el primer estadio, y solo un 20 por ciento de la población adulta alcanza el nivel 5. El sexto, basado en los principios universales, solo es accedido por un 5 por ciento de la población mundial. 

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Lehrer, L. (22 de junio de 2022). Definición de independencia. Su aplicación en las personas, en las naciones y en la psicología. Definicion.com. https://definicion.com/independencia/