La palabra deseo se emplea, en español, para hacer referencia a aquello que una persona quiere por disfrute, goce o placer. 

Es un término que ha sido objeto de estudio de múltiples áreas de saber, como la filosofía y la religión, pero también desde la psicología, entre otras. 

El origen del término está en el latín desidium, que se utilizaba para indicar lo relativo al deseo erótico. Sin embargo, este término del latín tiene vínculos con otro tema, desidia, empleado para aludir a la pereza. Esto estaba relacionado con la idea de que el ocio y el tiempo libre, improductivo, abría paso a la lujuria.

Disfrute y placer
El deseo se vincula con el placer, con la satisfacción y con la felicidad.

Desde la religión.

Desde una perspectiva religiosa (fundamentalmente desde el cristianismo) el deseo se presenta como algo negativo, atravesado por diferentes valores y representaciones socioculturales que no se consideran favorables. 

Uno de los conceptos más importantes para comprender mejor esto es el de sacrificio. Este término se utilizaba para señalar una ofrenda, o un acto de renuncia y abnegación, orientado a rendir homenaje y demostrar amor hacia un tercero. Usualmente, la figura a quien se orienta ese acto de renuncia es Dios.

La razón de esta renuncia es alcanzar un objetivo de mayor valor e importancia. Un ejemplo de ello, en la Biblia, es que la muerte de Jesús fue para salvar a toda la humanidad del pecado. Con este sacrificio en mente, que supone el acto máximo de renuncia, ya que deja de pensar en sí mismo por amor a otros, es que quienes siguen la religión cristiana siguen los pasos de Cristo. 

Ahora bien, si el sacrificio acerca más a las personas a lo divino, la satisfacción de deseos (en tanto en cuanto impulso terrenal, carnal) nos aleja de ello. El deseo, una forma de pasión humana, se manifiesta a grandes rasgos en los denominados siete pecados capitales:

  • ira
  • gula
  • soberbia
  • lujuria
  • pereza
  • avaricia
  • envidia
Cristianismo y deseo
La satisfacción de deseos, desde el cristianismo, contradice sus valores, ya que se vinculan con aspectos negativos del humano.

Lo que ellos tienen en común es que, en pos de satisfacerlos, la persona hará lo necesario, contra sí mismo y contra terceros. Además, esta satisfacción lleva a cometer muchos otros pecados más, por lo que son el núcleo, o el eje, a partir del cual surgen muchos otros actos negativos. De ahí lo de capital, ya que capitis, en latín, significa cabeza

Estos siete pecados principales se consideran transversales e inherentes a la naturaleza humana: constituyen elementos de deseo. Aquí se involucra otro concepto fundamental, el de concupiscencia, el apetito sin control y desenfrenado por la satisfacción de los deseos propios (y usualmente se vincula con el deseo sexual).

Estos impulsos humanos, desde la religión, solo pueden ser vencidos y/o detenidos con fe, con humildad y con racionalidad. Cada deseo detrás de los pecados capitales, además, puede vencerse con una virtud diferente:

  • La tendencia a una reacción llena de cólera y rabia (ira) se vence con paciencia y serenidad frente a los conflictos.
  • El deseo desbordado por la comida y la bebida (gula) se vence con moderación en ambas actividades.
  • El deseo de ser más que otros, en pos de ser más valorados (soberbia) solo puede vencerse con humildad.
  • El deseo por la satisfacción carnal (lujuria) se vence con castidad.
  • El deseo por el ocio, sin realizar acciones productivas (pereza) se vence siendo responsable con lo que nos corresponde hacer.
  • El deseo de tener muchos bienes materiales (avaricia) se vence gracias a ser generosos con los demás.
  • El deseo de tener aquello que otros tienen (envidia) puede vencerse gracias a la caridad con el prójimo.

Desde la filosofía.

Desde la historia de la filosofía, el deseo encarna aquello que va contra la racionalidad de la persona. Tienen un estrecho vínculo con las pasiones, con la emoción casi incontrolable hacia el objeto de deseo.

Deseo e impulsividad
El deseo, desde la filosofía, se vincula con la satisfacción irracional de impulsos.

Desde los inicios de la filosofía, la pregunta por el origen de los deseos es una que ocupa a los pensadores. Uno de ellos es Aristóteles, quien señala que uno de los primeros deseos del hombre es el deseo de saber.

Afirma que esto es inherente a toda persona, pues encarna la curiosidad y la fascinación por el mundo que nos rodea. En su obra, además, distingue entre tres tipos de deseos (al deseo lo denomina órexis), y el término alude a aquello que moviliza al alma:

  • Ἐπιθυμία, epithymia o apetito (también denominado deseo apetitivo): es el deseo pasional, irracional e impulsivo que busca satisfacción a través de los bienes materiales.
  • Θυμός, thymós o impulsos (también considerado el impulso de las reacciones emocionales): es la manifestación viva de los sentimientos,  del coraje.
  • Βούλησις, boulesis o voluntad: es aquella forma de deseo que se genera a través del razonamiento, que es estrictamente humano y que es, en cierto modo, lo que antecede a la voluntad.

Otro autor como Platón, sin embargo, opone los deseos a la razón. Considera, además, que los deseos pueden dividirse entre aquellos necesarios y entre aquellos no necesarios. ¿Qué convierte a un deseo en algo necesario? Los necesarios son aquellos gracias a los cuales se satisfacen necesidades básicas, elementales para la supervivencia (como comer, o dormir): Por otra parte, los innecesarios son aquellos que no cumplen con tal condición.

Por otra parte, otro autor que se pronunció respecto de los deseos es Zenón: el fundador del estoicismo, movimiento filosófico de principios del siglo III a.C., su filosofía apuntaba a aprender a controlar el deseo. Esto permitiría alcanzar la eudaimonía (traducida como felicidad).

Para él, el deseo era parte de las pasiones humanas (a las cuales había que aprender a regular). Las otras tres pasiones que constituían este grupo eran: 

  • El placer
  • El temor
  • El dolor

Más acá en el tiempo, hacia el siglo XVIII d.C., Baruch Spinoza plantea que el deseo es aquello que da vitalidad a la vida humana. Lo entiende como aquello que constituye nuestra esencia, y que es determinante para la concreción de acciones y actividades a los que una persona aspira. 

Búsqueda de equilibrio
En filosofía, un deseo puede ser satisfecho y, a la vez, hacerse con mesura y control.

Desde la psicología.

Desde otra disciplina como la psicología, la noción de deseo se vincula con aspectos de la propia experiencia humana que se busca satisfacer y que, en ocasiones, encuentra un objeto a través del cual puede hacerlo. 

Usualmente, desde este campo de saber se considera que el deseo es aquello que se encuentra en constante imposibilidad de ser satisfecho en su totalidad. Esto significa que, por ejemplo, es posible considerar las siguientes actividades como actos que son una fuente de placer (distinta para cada persona, que no moviliza a todos de igual manera ni en igual magnitud):

  • Hacer ejercicio
  • Obtener reconocimientos profesionales o laborales
  • Hacer dinero
  • Tener amistades
  • Vivir aventuras
  • Divertirse
  • Descansar

Estas distintas actividades pueden provocarnos felicidad que, sin embargo, no se extienden por un largo período de tiempo. Una vez que logramos satisfacer una u otra, nuevamente nos encontramos en la búsqueda de una nueva actividad que nos brinde placer.

De este modo, la insatisfacción es algo frecuente y permanente en el ser humano, casi intrínseco a nuestra propia naturaleza: siempre vamos a encontrarnos con una falta gracias a la cual podremos desear cosas y experiencias nuevas.

Citar este artículo

Fernández, A. M. (9 de enero de 2023). Definición de deseo. Usos, tipos y ejemplos. Definicion.com. https://definicion.com/deseo/